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French Harina

  • chanclas

    julio 26th, 2023

    Le he pegado un manguerazo poco amistoso a las chanclas. Veo la arena desaparecer por la alcantarilla como un ejército de hormigas. Atardece en la única playa que soporto. Al ser la única que me gusta es la que tiene asociados todos los recuerdos bonitos. Es difícil que una playa albergue recuerdos malos. Ni siquiera ahora, que me siento un náufrago. He girado la cabeza, por si acaso soy un souvenir de un pueblecito costero; para escanciar la arena y dejar que vuelva a subir la marea. Noto el cerebro seco de líquido cefalorraquídeo. No sé si es algo que también depende del ciclo lunar. He preparado algo de cenar con más esmero que acierto. He hablado un par de horas con la inteligencia artificial. La primera he intentado estar sobrio. Me ha apetecido spaghetti alle vongole sin saber a qué saben las almejas. Pero me entusiasma el olor. Al igual que la idea de que cualquier ser vivo del mar me pueda matar. He decidido no morir esta noche (tampoco). Así que me he conformado con el vino blanco que intuyo que iría bien. Prometo matar a cualquiera que pronuncie maridar. Mi pena es tan honda como mi hambre. Miro a las chanclas, reposando de pie, junto al quicio de la ventana. Secándose. Y le pido a otra inteligencia artificial, menos evolucionada, que ponga el Walking in my shoes de Depeche Mode. Son días tan extraños que nadie entiende las llagas de tus pies.

  • pink freud

    julio 25th, 2023

    Dice que todas las partes de la realidad que reprime el subconsciente acaban apareciendo en los sueños. Y le he dicho que no creo demasiado en Freud, aunque tengo una camiseta muy divertida con su cara. Una camiseta que no le gusta ni a mis amigos filósofos, ni a los psicólogos, ni a los amantes de Pink Floyd. Le explico, claro, que el sueño era terriblemente vívido. El color de la chaqueta de la mujer que me llama. Incluso las bolitas de lana despeluchada. Es una chaqueta que le regalé yo, pienso. Aunque ha envejecido casi tan mal como la mujer. Sus labios, ajados, al hablarme lentamente. Vocalizando mucho, como si no quisiera acabar de pronunciar la terrible noticia. Como si estuviera construyendo un puente de palabras que sabe que se va a derrumbar antes de llegar al final de la frase. Pero lo cierto es que el que se ha derrumbado he sido yo. En el sueño me he caído al suelo, al escuchar la noticia, y el móvil ha salido disparado. He tenido un flashback en blanco y negro, como en las malas películas, y he recordado todas las veces que preveía que esto ocurriría. He tardado en recuperarme del golpe en la cabeza y volver a la llamada. La mujer ha empezado a llorar y dice que no se explica cómo ha podido suceder. Yo he guardado silencio. Tenía una toalla mojada en la garganta.

  • (ante todo) mucha calma

    julio 23rd, 2023

    Me han salido tan mal las cosas en el amor que pienso ser feliz en cuanto me reencarne. Rezo eso, con los ojos cerrados, mientras alguien a quien no conozco me besa en la comisura de los labios. Aún tengo el cigarro en la boca. Noto la saliva seca. Llevaba años sin fumar. Y, creo que, vidas sin que alguien me besase. Todas las conversaciones me parecen ajenas. Como un idioma que no entiendo. Asiento. Sonrío. Pero no proceso. Mis ojos están a un millón de kilómetros de cualquier mirada. Mis terminaciones nerviosas no responden a las caricias. He intentado entrar descalzo en un tugurio. No me han dejado. En la cola, una chica de falda larga se ha ofrecido a dejarme sus sandalias de brillantes. Póntelas tú, ha dicho. Mi falda llega hasta el suelo y no se darán cuenta de que entro descalza. La falda es negra y he pensado que en realidad es una capa. He bailado hasta clavarme algún cristal. La sangre ha cubierto los brillantes de las sandalias. A la chica no ha parecido importarle. La planta de sus pies estaba igual. He notado el frío en la nariz y en el hipotálamo. Después un puñetazo y algo más de sangre. Estoy intentando llegar a la calma a través de mucha violencia. Sigo caminando por la barandilla de mi cabeza. Esperando a que llueva. Para que cada vez esté más resbaladiza.

  • testarazos

    julio 20th, 2023

    Me había prometido dejar de escribir, pero supongo que no es un gran año para las promesas, ni para los propósitos, ni para hacer en voz alta lo que uno piensa en voz en off. Supongo que mi comportamiento autolítico fue seguir destrozándome el brazo izquierdo. Sabía que el supraespinoso estaba roto. Que debía parar. Que el dolor era horrible. Pero, aun así. Seguía boxeando. Sólo con el brazo derecho. Lo que me daba una pinta de tullido. O desvalido. O impostor. O seguramente todas ellas. Seguía nadando. Sólo con el brazo derecho. Lo que me hacía parecer una raya en diagonal. O un pez amarrado a la boya. Gritaba, bajo el agua, de dolor. Y en parte me reconfortaba. Lo de menos era el brazo. Así que sonreía lo suficiente para tragar agua salada. Y volver a la orilla con sed y sin dignidad. Seguía escribiendo. Sólo con el brazo derecho. Lo que hacía que teclease más lento. Más reposado. Y eso convertía los textos en pastosos, como pesto al sol, y las letras se escurrían entre el tenedor y el teclado. Y no había forma de pescarlas. Lo estaba poniendo todo hecho un asco. Sabía que tenía que parar. Pero no sabía quién iba a ser capaz de hacerme parar. Me podrían arrancar el brazo, y seguiría peleando a testarazos. Bucearía. Y teclearía con la nariz. O la hundiría en tinta, hasta formar una frase.

  • catenaria

    julio 19th, 2023

    Me gusta escuchar el ruido del tren cuando pasa. Me recuerda que estoy vivo. Suele hacerlo cada veinticuatro minutos, con un margen de error de más menos diez, dependiendo de las huelgas y la catenaria. Es tal la tranquilidad en este apartamentito en la playa, idílico ante el gradiente de azules del mar, que necesito el chirrido horrible del tren, e incluso el bocinazo, y el temblor de los cimientos, para recordar que no soy un espectador del mediterráneo, o un pez que lo ha olvidado todo, con un margen de error de más menos dos vidas, dependiendo del vino y la memoria. Soy un hombre o un niño solo. No tengo clara mi edad porque no tengo claro mi papel en el mundo. Un adulto infantil o un niño mayor. Los vecinos me saludan, educados, cariñosos. No sé si es lástima o miedo. Escucho cómo arrastran las chancletas. La arena sobre las baldosas. El sonido de los tenedores sobre los platos de cristal. Podría oler sus ensaladas de verano si ellos fueran buenos con las especias. Escucho cómo encienden cigarrillos. Y cómo descorchan vino barato, porque el corcho suena blando. Y casi puedo notar el sabor agrio en la tráquea. Que me deja el regusto de vivir a través de los demás. Ahora que se me ha olvidado cómo hacerlo. Ya que sólo sé mirar al mar. Y esperar que me devuelva algo. No definitivo como un tsunami. Más bien una pequeña ola. Que empuje esta litera, como en la pesadilla de un niño, hasta la mitad de la vía. Y me dé, unos veinticuatro minutos, para decidir. De qué lado de la vida estoy.

  • Mr. Cornetto

    julio 18th, 2023

    El tipo más triste de la ciudad lleva una camisa con la carta de Frigo. En el pecho, los Cornetto imprimidos en varios colores. De ahí el estúpido apodo (aunque merecido) que le puso una desconocida la noche de autos. Él volvía a casa desconsolado por los detalles especificados previamente en las páginas 3, 7, y 24*. Sólo aspiraba a entrar en el ático, dejar que el diodo azul del tocadiscos iluminase el techo, y tumbarse en suelo de la terraza. Para escuchar. El Maggot Brain de Funkaledic. Eran diez minutos que lo encapsulaban todo. O eso le gustaba pensar. Pero antes, en el ascensor, se dio cuenta de que la estúpida camisa de los helados estaba escrita en alemán. Y se rio al ver a un hombre abatido con el letrero de. Neu. Intentó recordar cuál era la acepción más adecuada para decir payaso con camisa de colores y helados, pero no le cabían tantas letras en la cabeza. Miró el silencio del tocadiscos que empieza a girar. Se tumbó en el suelo. Y. Confundió el goteo del aire acondicionado con el inicio de la lluvia. En el sueño alguien dijo. Se está destiñendo la camisa con la lluvia, Mr. Cornetto. 

    (*) construir lleva una vida, destruir unos segundos. 

  • boom

    julio 10th, 2023

    El vuelo ET1707 desapareció de los radares en 26°08’08.9″N 73°51’02.9″W el pasado 10 de julio de 2023. Los equipos de rescate peinaron la zona durante dos días. Nadie sabe a quién estaban buscando porque se desconocía la identidad del piloto y el número de pasajeros. Cuenta la leyenda que era un escritor fracasado tratando de matar a un personaje que se le había comido por completo. Pero claro, eso sólo es una estúpida leyenda. Viralizada con hashtags románticos y apocalípticos. Porque la historia de secuestrar un avión, hoy en día, sin pasaje y atravesar el Atlántico, es casi tan inverosímil como la de la propia literatura.

    No hubo supervivientes.
    Afortunadamente.

    Porque no era una historia que mereciese la pena ser recordada. Y mucho menos escrita.

  • uno

    julio 9th, 2023

    Supongo que lo único que me faltaba por entender era quién estaba pilotando el avión. Avancé despacito pensando estúpidamente que, como decía aquel escritor americano, existía una conspiración secreta para ayudarme. Que alguien pararía aquello de algún modo. Que era sólo un acicate. Un meneo. Una experiencia que me sacudiría, llevándome al extremo, pero levantando el vuelo en el último momento. Como en The Game, aquella película de los 90 en la que Michael Douglas, sin saberlo, forma parte de un juego que le lleva al punto en el que no puede más, y se suicida saltando desde un edificio. Después atraviesa una cristalera, cae sobre una enorme colchoneta marcada con una X, y los invitados a la cena de gala aplauden. Sean Penn, su hermano, le explica que todo ha sido un regalo de cumpleaños. Que le acaba de cambiar la vida. Pensaba en todo eso mientras me dirigía a la cabina del avión. Miraba en cada fila si había restos de vida. Alguna bandeja bajada. Migas en los asientos. Alguna película a medio reproducir. Nada. Sólo la luz entrando por las ventanillas. Y el silencio de las nubes. Llamé con los nudillos a la puerta de la cabina. Acerqué la oreja. No se escuchaban voces al otro lado. Ni siquiera una radio. Ni indicaciones en inglés. Ni un pitido. Nada. No me atrevía a intentar abrir la cabina desde fuera porque daba por hecho que sería imposible. Se necesitaría algún código especial. O llamar a un timbre y que alguien desde dentro abriera. Pero aun así dejé caer la mano sobre el pequeño picaporte de la puerta. Y se abrió. La cabina estaba vacía.

  • dos

    julio 8th, 2023

    Si quería acabar con el personaje que escribía los relatos tristes tenía que matarlo. No valía con una promesa de no voy a volver a escribir ese tipo de cosas. Me quito el disfraz de escritor maldito. Me desmaquillo el cinismo. Y prometo nunca volver a escribir con pena. Si quería acabar con ese estúpido y pretendido enfant terrible tenía que eliminarlo, de una vez por todas, como un mal párrafo. Tenía que subirlo a un avión y estrellarlo. Tenía que dejar que se sintiera un poco Ícaro entre las nubes acercándose al sol. Pero que, poco después, las punzaditas de la moqueta sobre los pies desnudos le diesen la pista de que algo estaba ocurriendo. Que el eco del ding le recordase que estaba absolutamente solo en aquel viaje. Que a donde iba, no le acompañaba nadie. Que era un vuelo chárter para enterrarle. No era casualidad que el taxista le hubiese recordado lo mucho que pesaba su mochila y que la chica de facturación hubiera fingido no darse cuenta del sobrepeso. Todo el mundo le estaba invitando a que se subiera a ese avión, porque era evidente que había llegado el momento. El personaje no daba más de sí. Y había que quitárselo de en medio.

  • tres

    julio 7th, 2023

    En el avión, al dejar de mirar por la ventanilla y levantar la vista me ha sorprendido ver que el vuelo va bastante vacío. No tengo nadie a mi lado en los asientos contiguos, ni en los de más allá. No es lo habitual en los vuelos transatlánticos. Me he levantado, en busca del baño, para evacuar el café con hielo, y estirar un poco los pies. El símbolo del servicio estaba verde, cosa poco habitual después del servicio de consumiciones en medio vuelo. Conforme iba avanzando filas me he dado cuenta de que el vuelo estaba vacío. Nadie. Ni niños. Ni adultos. Ni azafatas. Ni azafatos. El vuelo está vacío. Sólo el ruido de mis pies descalzos sobre la moqueta. He pulsado el botón de la 23C. Ha sonado el ding. Y he esperado a ver si alguien respondía. Quizá la tripulación está en un descanso. Una pequeña siesta al final del avión. Es un vuelo muy largo y seguramente tienen turnos de descanso. Pero nadie ha aparecido. Escucho el ruido sordo del avión atravesando las nubes. La luz del sol se cuela por las pequeñas ventanillas, iluminando en diagonal los asientos vacíos. Estoy en una catedral vacía a diez mil metros del suelo. Y hoy es el día que nadie ha venido a rezar.

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