En el avión, al dejar de mirar por la ventanilla y levantar la vista me ha sorprendido ver que el vuelo va bastante vacío. No tengo nadie a mi lado en los asientos contiguos, ni en los de más allá. No es lo habitual en los vuelos transatlánticos. Me he levantado, en busca del baño, para evacuar el café con hielo, y estirar un poco los pies. El símbolo del servicio estaba verde, cosa poco habitual después del servicio de consumiciones en medio vuelo. Conforme iba avanzando filas me he dado cuenta de que el vuelo estaba vacío. Nadie. Ni niños. Ni adultos. Ni azafatas. Ni azafatos. El vuelo está vacío. Sólo el ruido de mis pies descalzos sobre la moqueta. He pulsado el botón de la 23C. Ha sonado el ding. Y he esperado a ver si alguien respondía. Quizá la tripulación está en un descanso. Una pequeña siesta al final del avión. Es un vuelo muy largo y seguramente tienen turnos de descanso. Pero nadie ha aparecido. Escucho el ruido sordo del avión atravesando las nubes. La luz del sol se cuela por las pequeñas ventanillas, iluminando en diagonal los asientos vacíos. Estoy en una catedral vacía a diez mil metros del suelo. Y hoy es el día que nadie ha venido a rezar.