Dejaré las migas sobre la mesa de la terraza. Vendrán las gaviotas y las palomas. Unas se comerán a otras. Será una delicada cadena trófica. Salvaje, quizá. Y la mesa quedará salpicada de sangre. Pero no de migas. La gaviota despedazará a la paloma. Justo después de que ésta haya acabado con las migas. En una trampa del Mediterráneo. Todo consume tiempo. Especialmente la vida. Y la espera de la muerte. Veo a la paloma morir, al otro lado del cristal. Pero en realidad, me estoy viendo reflejado a mí. Morir, a este lado del cristal, porque empieza anochecer, y la luz me devuelve mi cara de espanto. Mañana sobre el mantel no quedará nada. No sé si llegaré a recogerlo.
-
-
Mil palabras al día y lo tienes listo en dos meses. Tómatelo como un entreno. Como una rutina de dolor. Después ya lo pulirás, como haces siempre. Empieza y algo se te ocurrirá. Aparecerá durante el camino. Ya lo sabes, joder. Puedes incluso utilizar palabrotas si eso te da la sensación de que le da fuerza a la narración aunque sea un recurso cutre y pretencioso que apeste a bar mal ventilado. Si empiezas hoy en septiembre lo tienes listo. Tienes el esqueleto de la historia y las cicatrices de todo lo que ocurrió. Aunque sería mejor que utilizaras frases que no suenen a publicista de mierda. Nada que se le pueda ocurrir al imbécil de tu vecino del Tesla. Algo tan descarnado como todo lo que ocurrió y que no te atreviste a explicarle a nadie. Ni a la gente más cercana, que lo debía sospechar, pero en una versión tan extremadamente light como el puto queso de mierda que compra la gente que intenta adelgazar. Escribe sobre todo lo que no te atreviste a denunciar para salvarle el culo a la gente que podría haberse visto envuelta. Dale forma de novela, que nadie sepa si en realidad es ficción o no, pero que en el fondo lo sospechen, como siempre. Y un día se te acerquen y te digan. ¿En serio sucedió todo eso? Y cuando los mires, no puedas más que arquear las cejas, apretar los labios, y no decir. Nada.
-
6 de julio de 2025
Había una parte de mí que creía que debería ser capaz de volver a escribir sin tener que volverme loco. En el pasado es lo que hice, y es evidente que no funcionó. Le daba vueltas a si la locura era necesaria, o eso me quitaba clarividencia y objetividad, en el supuesto de que fueran necesarias para escribir algo medianamente bueno. Estaba dispuesto a sacrificar lo que hiciera falta, principalmente a mí mismo. Pero seguía sin tener claro qué es lo que necesitaba. La última vez que escribí una novela, fue del tirón, durante un mes, y totalmente sobrio. Y es evidente que el resultado no fue bueno. He sido incapaz de releerla, claro, como todo lo que escribo. Pero el recuerdo no es bueno. La gente iba con mascarilla y todas las cabezas estaban nubladas. La mía, probablemente, la que más. Eso me llevaba a plantearme si debería volver a intentarlo. Durante cuanto tiempo. Y en qué condiciones. Si el alcohol me hacía mejor escritor. O peor persona. O todo lo contrario. O si en realidad no existía diferencia alguna porque el problema es que no había talento. Cuando era joven, escribía con rabia. Ahora que soy viejo, no sé con qué escribo. Dudo que con sabiduría, porque es evidente que no la tengo, si no, supongo que mi vida sería muy diferente. A veces pienso si mi fracaso vital ha sido un caminito en paralelo a mi fracaso como escritor. Si todo ha sido un auto sabotaje enorme. O si simplemente decidí, en algún momento, quedarme de espectador, porque en realidad no me estaba gustando lo que veía. Y escribía. Así que aquí estoy, con reflexiones de adolescente, con la decadencia de un viejo desubicado, en una extraña circunvalación de vida. He hecho lo necesario, creo. Me he aislado. He cambiado de ciudad. De sistema operativo. Estoy solo.
¿Y ahora qué?
-
No necesitaba un sueño vívido sobre eso, pienso, mientras veo las últimas gotas de café escaparse de la boca de la cafetera. En el sueño tu boca era la misma pero la voz ya no. Ni siquiera el discurso. Sonaba dulce pero artificial. He cogido la taza de café y la he envuelto con las manos. Me ha entrado frío al recordar el sueño. Eras tú convertida en otra persona. Supongo que ese es el salto entre la realidad y el recuerdo. Hay un millón de historias encerradas en cada cerebro, que sólo existen en esas jaulitas de irrealidad. Estoy empezando a olvidar cómo tomabas el café. Pero no he olvidado el peso de tu cuerpo. No sé qué frase necesito para hablar de esto, pero al final se trata de. Saber con quién dormirías hasta en la calle. Aunque te despiertes solo en la cama.
-
Quiero un día sin notificaciones. Pudriéndome al sol. Sin salvarle la vida a nadie. Crujiéndome a cervezas, en esta playa privada, en la que aún no sé cómo he acabado. Sólo. Sin permiso, pero sin objeciones. Quién soy yo para decirle que no a la vida. Mirando cómo la espuma de las olas se rompe como las burbujas de la cerveza.
De pequeño tenía miedo de que me tragaran las arenas movedizas. Lo veía en las películas. Lo leía en los cuentos. Parecía una amenaza real. Algo horriblemente cercano. Ahora, sentado en esta playa, sólo sueño con que anochezca, y que me engulla la arena mientras duermo. Poco a poco. Mientras sube la marea.
-
Ceno a oscuras en la terraza. Me gusta así, en silencio, sin una luz ni una vela. Como una alimaña tímida. Escucho al hijo de los vecinos de enfrente, llevaba seis meses sin venir a ver a sus padres. Están viejos. Se están muriendo. Ella bebe menos, pero creo que ya es tarde. El hijo ha llegado en traje, gritando mucho, como un gran hombre de negocios, aunque apenas tiene veintipocos, calculo, un par o tres años trabajados, como mucho. No habla, pontifica. Deja que sus padres pongan la mesa en la terraza, les tiemblan las manos y los platos. Su novia intenta agradar a los padres, especialmente a él. Les ayuda con la mesa, parece más honesta, menos imbécil. El hijo pone los pies en la mesa y se deja servir. Explica chistes sin gracia, a destiempo, que imagino de las reuniones de trabajo, pero los padres se ríen, más entusiasmados por la visita que por el resultado, supongo. Es una cena clasista, racista. Con cada ronda de vino las cosas no mejoran. La novia está cada vez más incómoda, y el hijo cada vez más crecido. El padre le ha ofrecido un puro, y ya están en la fase de negar el genocidio. La madre mastica en silencio, y los tenedores chirrían sobre los platos. La novia ha explicado que cuando era pequeña estudió morse, aunque nadie le ha hecho demasiado caso porque seguían hablando de inmigración, pero he pensado que podía enviarle un mensaje encendiendo y apagando la luz de mi terraza.
-.-. — .-. .-. .
-
He comprado geranios. No pensaba que fuera a volver a hacerlo nunca. Los he transplantado y les he sonreído. He comprado también albahaca. Para el pesto, y para la pizza, he pensado. He cerrado los ojos en italiano, y creo que necesitaría también una viña.
Las margaritas están sobreviviendo más de lo habitual. Los pétalos resisten con entereza los bocados del calor. Llevan un par de semanas gloriosas bajo el aire acondicionado. Algo así imagino para el futuro, cada vez más apocalíptico pero menos futuro. Sólo unos pocos privilegiados sobrevivirán al calor extremo. Gracias a un mecanismo de refrigeración que nadie podrá permitirse. Nos iremos marchitando al otro lado de un cristal frío.
Me huelen las manos a tierra húmeda. Algún día seré incapaz de recordar este olor.
-
Sé que es verano porque en el cajón no quedan tenedores ni cucharas.
Se me pegan los hibiscos a la planta de los pies. La acera está pegajosa. Camino descalzo. Tengo frío en las plantas. Sobre las baldosas que arden.
Las meadas de los perros, aceite de oliva al sol, se pierden en las alcantarillas de hierro forjado. El rastro brilla como un mal secreto.
En realidad no es verano. Pero ya solo quedan dos estaciones. La alegría y el frío.
-
Ya ni siquiera titulo lo que escribo.
Porque no hay nada más estúpido que un bautizo. Ponerle el nombre a algo que no lo está pidiendo. Que ni siquiera existe, o casi. Sin todavía entender su alma, ni qué será en la cabeza de los demás. No tiene sentido bautizar. Ni titular. Ni utilizar un apelativo. Para condicionar la imagen mental de lo que vendrá después. Da igual si es un niño rubio. O diez líneas apegotonadas. O un mal poema. O el color verde de una mirada perdida. No se necesita un registro civil para algo que es inventado, una mera convención.
Han vuelto las gaviotas. Me pregunto cómo se llaman. O si utilizan apodos entre ellas. Mira, por ahí viene Altiva. Qué bien planea, pero es una hija de puta. Pero esa somos todas, no sólo Altiva. Quizá se numeren, entre ellas, en una secuencia ordinal y clasista.
No tiene sentido ponerles nombre a las cosas. Es como subrayar con rotulador fosforito, una imagen mental, que es diferente en cada cabeza.
Todo se vuelve amarillo.
-
Aprendí que no debía escribir sobre todo. Quizá podía vivirlo sin tener que escribirlo. Supongo que eso debe ser envejecer. O madurar. O fracasar como escritor. Pero me di cuenta de que estaba viviendo cosas sólo porque quería escribir sobre ellas. No quería imaginármelas. Porque es muy evidente cuando escribes sobre algo sin haberlo vivido. La literatura está llena de farsantes con gran imaginación. Me di cuenta, incluso, que ni siquiera me apetecía vivir esos extraños berenjenales en los que me estaba metiendo, pero sentía la estúpida obligación para conmigo mismo de tener que escribir. Me aterraba una vida vacía y aburrida. Si es que no son lo mismo. Después, evidentemente sufría, mucho, la mayoría de las veces, y era tan imbécil que pensaba que eso haría que lo escrito fuera mejor. Y, desgraciadamente, no solía ser así. Un día alguien me pidió que dejara de escribir. Y fue un golpe horrible. Pero en el fondo necesario. Como cualquier ostia no solicitada.