En realidad está llorando bajo el casco. Dice que porque se marea. Pero en realidad es miedo a la velocidad. Miedo a la vida. Lo veo, a lo lejos, con el kart encallado contra una barrera de neumáticos. Está en una curva cerrada. Y tiene la cabeza vencida sobre el volante. No se ha desmayado. Está llorando desconsolado. Está odiando este momento. Rezando para acabar la segunda vuelta y poder quitarse el casco sudado. Entrar en el coche. Y llorar el camino de vuelta a casa. Víctor, quería decirte que. Yo también tenía mucho miedo. A la velocidad. A la vida. Miedo al miedo. A la incapacidad de poder controlarlo todo. A mi forma de mover el volante ante de la forma de vivir de los demás. Pero un día me di cuenta de. Que hay que seguir. Que hay que acelerar. Que algunas veces hay que jugársela. Aunque notes esa mano hurgando las tripas. Hay que seguir intentándolo. La vida te irá empotrando contra barreras de neumáticos. Pero podrás salir de ahí. Marcha atrás, visera arriba, visera abajo, y sorbe las lágrimas. Pero nunca. Nunca. Dejes de acelerar. Y apagues el motor. Porque ahí se acaba todo. Créeme. Una vez estuve a punto de hacerlo.
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He intentado parar un camión con una mano. Beberme una cascada hasta intentar secarla. Domar un caballo con riendas de papel. Adelantar un seis cilindros en línea corriendo descalzo. Comunicarme con una políglota que habla todos los idiomas menos mi extraterrestre nativo. He intentado construir un refugio sabiendo que algún día el huracán que vive dentro lo derribaría. He luchado contra la química sintetizada sólo con química humana. Creía que cuando se encendieran las luces y la música parara, todo acabaría. He sido tan naif como para pensar que intentarlo todo te daba un ticket consumición para conseguir algo. He fracasado. He implosionado. Se me han roto las costuras. El agua se ha filtrado. Entre las paredes de mi submarino. Dobló las corazas. Se coló por las bolsas de los ojos que eran los lagrimales del periscopio. Me he hundido. En el fondo de un mar. Del que nadie tiene las coordenadas tatuadas.
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En realidad era un experimento sociológico, claro. Había perdido las partes más importantes de mi vida. Y el teléfono no dejaba de iluminarse. Para preguntarme qué había pasado con los cien mil pavos. Todo el mundo parecía estar muy preocupado. Pero por el dinero. La gente escribía desde el sofá de su relación. Con la tranquilidad de quien duerme acompañado. Sabiendo que mañana seguirá habiendo un cuerpo al otro lado de la cama. Y sus amigos seguirán vivos. A salvo del cáncer y de ellos mismos. Así que todas las preguntas eran la misma. ¿En serio han sido cien mil pavos? No les culpo, claro. Pero en realidad era la frase más barata del texto. La menos dolorosa. La que menos importaba. Quería disculparlos de algún modo. Pensé que, en el fondo, el amor y el dinero eran parecidísimos. Costaba mucho ganarlo hasta que un día te despluman. En realidad nunca fue un experimento sociológico, claro. Pero la respuesta por parte de todo el mundo fue tan decepcionante. Tan extraña. Que pensé que lo mejor sería tomárselo como tal.
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Perdí a mi chica. Perdí a mi jefe. Perdí a un amigo por cáncer. Perdí a un compañero por suicidio. Perdí a Martin Amis que era el que mejor hablaba sobre la pérdida. Perdí ocho kilos. Perdí cien mil pavos. Perdí el servidor en el que llevaba veinte años escribiendo. Perdí, como cada cuatro años, la esperanza. Perdí la letra de las canciones que no podría volver a escuchar. Perdí un par de cuadros (de los bonitos). Perdí las ganas de seguir escribiendo. Que era lo mismo que decir que perdí las ganas de seguir viviendo. Perdí todas las referencias. Perdí la capacidad de hablar de la pérdida. Perdí los cuerpos a los que me abrazaba, que ahora eran almohadas desolladas sin alma.
Y, mientras escribía esto, escuché por la ventana, al otro lado de la calle. Dos voces preciosas. Cantando la versión de Grease en castellano. Eran un Travolta y una Olivia de veintipocos. Bailando en un salón mal iluminado. Al otro lado de la lluvia. Eran jóvenes. Les daba todo igual. Creían que siempre sería así. Y sin saber muy bien cómo. Recuperé la esperanza. Por un instante.