Una relación es la marca de agua que alguien deja sobre ti. Todo el mundo la ve. Nadie puede quitarla, ni borrarla, ni disimularla. Estará ahí para siempre. Y, aunque alguien consiga camuflarla, tú la seguirás viendo desde dentro. Verás el mundo desde el otro lado de esa marca de gota de agua que abomba la realidad. Alguien ha incrustado algo en ti que seguirá ahí para siempre. Una capa superpuesta que te cambia y te condicionará de ahora en adelante. Como una de esas actualizaciones de software que no pueden deshacerse. Que no pueden revertirse ni desinstalarse. A menos que. Decidas restaurar el sistema completamente. Quemarlo todo. Y volver a los ajustes predeterminados de fábrica. Al punto primigenio de restauración. Ese punto en el que tú aún eras tú. En el que nadie había condicionado tu sistema operativo. Convirtiéndolo quizá en inestable. Instalado sus actualizaciones de sistema que podrían ser incompatibles y dañinas con tu kernel. Pero claro, creer que algo así es fácil o verosímil, es naif. Hay que quemar muchas capas interpuestas. Desbrozar millones de interacciones sociales. Cavar hasta lo más hondo del alma, con la esperanza de que cuando llegues a algo duro, lo que suene contra tu pala, aún siga siendo tu alma.
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En el sueño la piscina es de café con hielo. Son pequeños icebergs que se deshacen lentamente. Así que el café está fresquito, pero el nivel sube cada vez más, y la única forma de mantenerse a flote y que no se desborde todo es seguir bebiendo café. Lo que te lleva a un estado de hámster acelerado. Por la cafeína y la ansiedad de la prueba. Cada cinco minutos una pinza enorme me saca y vuelve a meter en la piscina. Como en una de esas máquinas de peluches. Soy un delfín de peluche que se ahoga en una piscina de café con hielo. Pero no hay otros peluches. Ni relojes. Ni nada que brille. No tengo claro cuál es el premio para quien juegue a esto. Al despertarme, he visto que estaba en un avión. Atravesando el Atlántico. He buscado en la pantalla del asiento cuál es el destino. He visto que en la bandejita había un vasito transparente de café con hielo. Se había derretido y desbordado en un río hasta mis pantalones. Tengo las rodillas mojadas. No recuerdo muy bien qué hago aquí. He mirado por la ventanilla y he visto el reflejo de mi sonrisa. La echaba de menos.
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Veo la luna llena escapándose a través de la ventanilla del taxi. El taxista, argentino, dice que suele pasar los semáforos siempre en verde sangre. Me ha parecido la mejor frase de las últimas semanas. Dice que parezco más melancólico que el poeta argentino más triste. Y eso no es buen síntoma, creo. Cuando hemos llegado, se ha bajado del coche para darme un abrazo. No te ayudo con la mochila porque la llevas colgada del corazón, ha dicho. Y pesa demasiado. Me ha parecido excesivo drama para facturar, pero le ha dado una propina más grande que el rio de la plata. Dicen que todos los argentinos llevan dentro un psicólogo, y probablemente un loco. Pienso que, en realidad, todos llevamos un loco y debe ser una suerte que tenga un psicólogo con quien entretenerse. En la cola de facturación me he dado cuenta de que la mochila pesaba más de lo que creía al salir de casa. He utilizado el viejo truco de sostenerla un poquito con la punta del pie en la balanza del mostrador de facturación. Creía que un corazón pesaba sólo trescientos gramos. La chica del mostrador ha sonreído y ha fingido no darse cuenta. Ha imprimido la tarjeta de embarque y después ha dicho. Yo una vez tuve que hacer lo mismo.
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Estos son los últimos relatos tristes que escribo en mi vida. Es una promesa. Una profecía auto cumplida. Una hipoteca contra mí mismo. Lo dejo por escrito porque así parece que tiene más valor. Pero cuando termine la cuenta atrás todo habrá acabado. Empecé a escribir en noviembre de 2003. Era una época extraña. Necesitaba explicarme cosas. Era joven y, como cualquiera, creía que era especial y salvaje. Por algún extraño motivo lo que escribía empezó a gustar. Y era joven, pero también cobarde, así que continué haciendo exactamente lo mismo. Escribiendo de la misma tristeza con la misma rabia. Y, evidentemente, se me comió el personaje. Como buen cobarde no me atreví a cambiar. Dejé que el monstruo me fagocitara, y que escribiera él por mí las historias. Lo malo, y no me di cuenta, es que también dejé que las viviera. Han pasado veinte años y el camino no ha merecido la pena. En absoluto. No he vendido tantos libros. Y no he aliviado el sufrimiento. Cada gran amor ha sido un libro que nadie ha considerado grande. Y cuando el amor se ha acabado, a mí me ha empequeñecido. Necesito salir de esta vida. De ahí la cuenta atrás. Va a ser rápida. Empezaré desde siete. Es número bonito.
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El supraespinoso está roto. Supongo que intenté aferrarme tanto a algo, que se acabó desgarrando. Cogido de un estribo. Esperando que no me dejasen caer por la borda. Mirando hacia arriba, como cuando albergas algún tipo de esperanza. El dolor imaginado siempre es superior al dolor real. No importa lo que digan las terminaciones nerviosas. Pienso ahora que el brazo ha cedido, que me he caído por la borda, y lo veo todo desde debajo, burbujitas arriba, del nivel del mar.
Miro las hebras del tendón desgajado. Imprimidas en papel fotográfico. Como la ecografía del niño que se ha escapado. Ya no nacerá el hijo que me mantenía agarrado a la cornisa del recuerdo.
Todo el mundo insiste en que es cuestión de tiempo. Pero no es lo mismo la mirada del espectador que los ojos del náufrago. Ni el ecógrafo en las manos del médico que el dolor en mitad del silencio.
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Ha empezado a llover. Sé que cuando acabe de escribir habrá escampado. Últimamente la lluvia dura como los recuerdos. Entre seis y doce minutos. Miras al cielo, miras al suelo, miras al interior de la cabeza, y ya está todo seco. Las gotas parecen agujas de fogueo. Como los recuerdos, ya apenas duelen. Aspiro a convertirme en una planta. Impertérrita. Con la boca abierta al cielo. Gritándole al agua. Y a nada más. Las admiro, de algún modo. Crecer y morir. En cada estación. Aunque ya sólo haya dos. Hasta la última parada. Algún corte. Alguna pérdida. Y ningún recuerdo. Hoy la lluvia ha durado nueve minutos. El verano debería ser una tormenta. Un caballo que huye enfangado. Herido. Al que le quedan dos meses de galope. Mientras sangra la herida. Como un río encarnado que se escurre por el lomo. Empapado de lluvia y hierba. Y de todas las miradas que pensaron que podrían domarlo.
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Te he llamado y no te he pillado en buen momento. Estabas preparando la cena. Te oía masticar de forma disimulada. Las oes salían muy engoladas. Seguramente estabas comiendo fuet, porque la boca retumbaba mucho. De fondo se escuchaban las gaviotas. Me gusta pensar que deben ser amigas, o primas cercanas de las que escucho aquí, a este lado del mediterráneo. Cuando la conversación se ha puesto fea, nos hemos callado para tragar un poco saliva y pensar qué decir; he podido escuchar las palas del ventilador moviéndote el pelo. Removiendo el ambiente. Esparciendo el y ahora qué diré, ante un mazazo, por toda la cocina. Has cortado queso, de forma nerviosa, sobre la tabla de madera. Te he dado las gracias antes de colgar. Te he recordado lo mucho que te quiero. Un beso para tu adorable mujer. Y otro para tu preciosa hija. Qué vida tan bonita y ordenada, ante mi perpetua vorágine, que se asoma al abismo con demasiada frecuencia y visceralidad. Qué envidia tan sana, como la ensalada que te intuyo preparando, y en la que no he escuchado ni un chorrito de vinagre. Supongo que la amistad es eso. Imaginar qué vas a cenar, a través del auricular, y que tú intuyas que mi nudo en el estómago no se ha deshecho en seis meses, ni en doscientas palabras.
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Te enamoras una vez y el resto es attrezzo. Y eso lo sabe cualquiera que se haya enamorado o trabajado en las tramoyas de un teatro. Cualquiera que entienda de qué va la función. No importa si está a este lado del telón, o a este otro. O si saca la cabeza a cada lado de la trinchera. Porque al final eso es el amor, una guerra. Mal interpretada y peor ejecutada. Y eso lo sabe cualquiera que aplauda desde el patio de butacas. Cómo odio la expresión patio de butacas. Cualquiera que bosteza, o que se aburre viéndose a sí mismo, interpretado por alguien mejor que él, pero en el fondo, evidenciando las miserias de su relación. Mientras acaricia la mano de la persona con la que duerme que, también se está viendo reflejada, desde la butaca contigua, en la tragedia del escenario. El amor es la mentira más poderosa del mundo. Por eso sólo funciona una vez. Porque el truco es tan bueno que te pasas la vida pensando que no había truco.
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Quedan personas, en alguna parte de la caché del cerebro, con las que sigues soñando aunque ya no podrías entablar una conversación de más de tres frases con ellas. Como dos calles paralelas. Sin demasiado carisma. Ni rasgos característicos. Ni nada que te permita diferenciarlas. Como una estúpida regla mnemotécnica. Quedan personas atrapadas en los pliegues del cerebro, como niños tontos atascados en toboganes, con las que sueñas cada noche. Sin saber muy bien por qué. Almas residuales. Sentadas en el restaurante de tu cabeza cuando ya se ha acabado el servicio y las luces se han apagado y los cocineros han vuelto a casa. Pero ahí siguen, acodadas en una mesa del rincón, fumando en silencio. Repasando el menú de tus sueños. Su nombre aparece en la última fila. Me intento levantar de la cama y el dolor horrible en el hombro me recuerda que. Tengo más tendinitis que años. Sólo quería apartar la mirada del techo. Que se ha convertido en la tela blanca donde mi cerebro proyecta malas películas. Procedentes de una caché deteriorada. Corrupta. Y, seguramente, engañosa.
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Al chico de al lado se le ha acabado la batería en los Airpods. Por algún extraño motivo se han desvinculado. Y la música ha empezado a escaparse por el altavoz. Está tan borracho que ni se ha dado cuenta de que la canción suena más allá de su cabeza. Así que aquí estamos. Dos desconocidos sentados en un banco frente al Sena. Mientras suena Julio Iglesias. Cada uno en un extremo del banco. Pero es tan pequeño que, en realidad, parece que estamos juntos. Tiene el respaldo muy recto, sin apenas curvatura, como todos los bancos de París. Si sigue cabeceando por la borrachera acabara apoyando la cabeza sobre mi hombro. O precipitándose hacia adelante. Es un indio de treintaypocos. Con los pies desnudos sobre unos mocasines de piel azul. Tiene las uñas algo guarras. Y seis botellines a sus pies. Y yo, absolutamente sereno, preguntándome qué narices hago en esta ciudad sin ti. Empezando a sospechar que mi vida es casi tan decadente como una canción de Julio Iglesias.