La belleza dura dos decepciones. Quizá la aguja que inoculaba el bótox abrió un canal de viento, en el lóbulo frontal, por el que se colaron todas las malas decisiones. Y eso, poco a poco, debilitó la estructura. Supongo que el bótox estaba tratando de amasillar la belleza, para que no se derritiese con el resto del edificio. Pero abrió grietas estructurales. Y cada mala decisión apareció dibujada en el sismómetro. Ni siquiera la cocaína pudo tapar las pequeñas grietas que cualquiera podía ver desde la calle. Dejó de ser un edificio bello, precioso, con encanto, y aparentemente bien amueblado en su interior, para convertirse en una casa encantada, salpicada de asesinatos mudos. Se desmigajó todo, porque en realidad era cartón piedra. No había nada del otro lado, salvo una promesa sin salida de emergencia. El día del derrumbe, los escombros fueron preciosos. Como ojos tristes envasados al vacío.
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A veces se me olvida que existe ese imperativo moral de tener que gustar. A una chica, a un padre, a un chico, a una madre, a un jefe, a una mirada a las tres de la mañana, a una mascota, a un terapeuta, a la vecina del cuarto que espera que asistas a su entierro, a la panadera para que te reserve la mejor barra de pan con semillas, a la persona que quiere destruirte porque sin su envidia y admiración le serías indiferente y guardaría el arma, a dios, a sus discípulos, a todos los versículos dispuestos a arquear las cejas sobre tu vida, y lo que es peor. El imperativo moral de tener que gustarse a uno mismo, que es probablemente el más odioso de todos.
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Me gusta más la lluvia que la vida. Parece contradictorio, supongo. Pero lo escribo convencido con la velocidad de grupo con la que caen las gotas sobre el tejado. Dejo que mis dedos tecleen rápido, como las gotas, para no pensar demasiado. Suenan a certeza, pese a ser una falacia. Nada te puede gustar más que la vida. O quizá sí, porque la lluvia se lleva todos los rastros de vida. Hace que todo desaparezca. Como un borrador mojado sobre una pizarra seca. La lluvia en verano es siempre mejor, porque ya nadie la espera. Los niños se desesperan al ver las gotas sobre las chancletas. Y los viejos sonreímos soñando con un verano nublado. Sólo necesito un interruptor con un cable al cielo. Como el paciente terminal que se autoadministra morfina. Y disfruta con cada gotita que le empapa cabeza. Mientras los ojos que le observan desde la nube hacen la vista gorda.
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Miro tus fotos como alguien que pasa las cartas de una baraja antigua. El otro día imprimí otro lote de cien. En todas sonríes, como siempre, aunque es una risa del pasado. La oferta era buena. Cien fotos veinte euros. Y esta vez he recordado imprimirlas en brillante y no en mate. Es mi forma de intentar que el recuerdo parezca más vivo, más real. Cada uno se engaña como quiere, y veinte euros me parece un buen precio. Es extraño no hacer zoom, con dos deditos, sobre las fotos. Pero si lo hiciera, creo que podría adentarme en una de tus pupilas, hasta intentar entender qué sucedía dentro de tu cerebro. Siempre sonreías, pero nunca sabía qué pensabas. En realidad era un buen trato, creo. En la mayoría de fotos aparecemos abrazados. Tú sonrisa lo abarca todo. Mis patillas, aún sin canas, parecen trípodes de cerebro analógico. Lo peor de la memoria es que acaba llorando sobre las fotos. Y el papel brillante hace que la lágrima resbale más y más rápido. Y eso es otra ventaja, porque el papel no se humedece, ni tu sonrisa, sólo el bordecito de mi mano, a la que le tiembla un poco el pulso. Hasta que consigue guardar las fotos en su sobre, como si ese cartoncito albergara un corazón trasplantado, que ya no sabe si debe seguir latiendo para el próximo paciente.
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Cuando te fuiste, pensé en el suicidio del personaje y de la persona. Sabía que no podía seguir escribiendo si no estabas ahí para seguir corrigiéndome las comas. Sospechaba que no podía seguir viviendo si no estabas ahí para seguir domesticándome. Me equivocaba en ambas, claro. Aunque supongo que algún día acertaré. Seguí viviendo porque me faltaban cincuenta ridículas páginas. Era una tercera parte. Pero yo era un hombre desmembrado. Nunca pensé que sería capaz de seguir escribiendo sin brazos. Estaba convencido de que matando a la persona acabaría con el personaje. Y sospechaba que suicidando al personaje, la persona no tendría demasiados motivos para seguir escriviviendo. Nunca nadie lo sabrá. Pero me lo jugué a cara o cruz.
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Mi sobrino se tumba en el suelo, junto a mí, y mientras miramos al mismo cielo, me dice que ha empezado con la mitología. Que no entiende muchas cosas, pero le entusiasman las ideas. No sabe si todo es una gran metáfora, o una parte antigua de la realidad de un pasado que no llega a entender. Dice que le gusta más cómo lo explican los libros a cómo lo cuentan los youtubers. Me abraza y dice. Tengo que explicarte algo. Creo que eres como Casandra. Ves todo lo que sucederá, pero nadie te hace caso. Sonrío hacia dentro, aterrorizado por su buen ojo. Y me tiembla el pecho, sobre el que reposa su cabeza, en una carcajada. Y no le digo que. Prever el futuro suena a superpoder cuando eres niño. Pero es horrible conforme envejeces.
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Veo en la línea del horizonte, a través de los prismáticos, barquitos que después se dibujarán en cruceros. Puedo oler, desde aquí, la cascada de crema de protección solar, que se escurre, espinillas abajo, y se detiene en las cutículas de las uñas de los pies, como último dique ante las sandalias. Veo cercos de sudor, en el pliegue del cuello, de hipopótamos con collares dorados. El barquito se acerca a la orilla, y poco a poco, un pequeño seísmo de mesas metálicas, arrastradas por el suelo, tintinea en vasitos de cerveza y tacitas de café, preparándose ante la invasión bárbara. Sólo escribo sobre mí porque es lo único que no sé explicar. No es ego, es incomprensión. Después cojo los prismáticos y veo más allá. El mundo ahí fuera también es muy extraño.
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Es un domingo de abril pesado como el mercurio. La chica recoge la sombrilla, bajo las nubes, y deja que sus muslos quemados la devuelvan a casa. Escucha un podcast motivacional en la oreja izquierda. En la otra no hay nada. Sólo el camino hasta un brazo que sostiene un cesto de mimbre. Una edición americana de Foster Wallace con el cartoné arrugado. Un bote de crema estrujado. Una barriga como un volcán. La muerte esperando a que se haga de noche. Gaviotas preciosas y malignas caen como helicópteros de guerra. Hay talones con arena que rechinan como todas las mentiras. Recuerdo esta playa porque nunca ha existido. En esa curva hemos muerto mil veces. Siempre creo que es la última vez que bebo el mercurio de una mirada.
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He dedicado mi vida a perseguir las dos únicas cosas que no valen nada. La belleza y el dinero. Y eso sólo lo entiendes cuando las pierdes. Quizá un poco antes, incluso. Cuando las has conseguido y comprendes que nada cambia, por mucho que brille en los ojos de los demás. Que son pasarelitas doradas, en las que bailar, sobre el enorme pozo de vacío en el que oscila cualquier alma con la supervivencia asegurada. Tres comidas y tenedores plateados. Creo que. Eso es la belleza y el dinero. Pipas de opio para olvidar las lobotomías de una vida a plazos. El subterfugio hasta que tienes valor de cortar las cuerdas de la pasarelita. Y perderlo todo. Porque en el fondo, eso es lo que querías. Un autosabotaje en el que caer desde muy alto.
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Pienso en el viento como un secuestro consentido. Dejamos que llegue y arramble con todo. Que se lleve lo que quiera. Casi rezamos para que así sea. Cuando notamos que se levanta, poco a poco, a ras de suelo. Y lo sentimos en los tobillos descalzos. Y cerramos los ojos, en un murmullo silabado, como un mantra torpe, una oración inventada. Que reza para que el viento llegue a la cabeza. Y se lo lleve todo. Sin pedir permiso, pero sin dejar nada. Como una mudanza robada. Como un butrón salvaje. En el que ni siquiera queda el polvo de la pared de la cabeza. Sólo el rastro arrastrado de ideas que ya no están y a las que nunca nadie ya podrá llamar recuerdo.