Nada que no pueda resolver un corte de pelo, una cerveza, un cuadro nuevo. Reconozco los síntomas. Es lo de siempre, me digo. Pero sé que no es así. He vuelto a boxear. Y eso nunca es buen síntoma.
Llegué a casa. Aparqué. Y me quedé un rato con el motor encendido dentro del coche. Esperé a que acabase la canción que estaba sonando. No podía quitar las manos del volante. Como alguien que acaba de tener un accidente.
Subí a casa. Me corté el pelo. Abrí una cerveza. Lloré en silencio. No tenía fuerzas ni para la rabia. Abrí el armario. Busqué todas tus cosas, que aún guardaba, y las fui depositando en una bolsa. Ni siquiera las rompí. No tenía fuerzas ni para la rabia.
Bajé a la calle y un hombre que, vestido de papá Noel, buscaba en la basura me vio llorar. Supongo que todos los entierros tienen algo de cómico.