6 de julio de 2025
Había una parte de mí que creía que debería ser capaz de volver a escribir sin tener que volverme loco. En el pasado es lo que hice, y es evidente que no funcionó. Le daba vueltas a si la locura era necesaria, o eso me quitaba clarividencia y objetividad, en el supuesto de que fueran necesarias para escribir algo medianamente bueno. Estaba dispuesto a sacrificar lo que hiciera falta, principalmente a mí mismo. Pero seguía sin tener claro qué es lo que necesitaba. La última vez que escribí una novela, fue del tirón, durante un mes, y totalmente sobrio. Y es evidente que el resultado no fue bueno. He sido incapaz de releerla, claro, como todo lo que escribo. Pero el recuerdo no es bueno. La gente iba con mascarilla y todas las cabezas estaban nubladas. La mía, probablemente, la que más. Eso me llevaba a plantearme si debería volver a intentarlo. Durante cuanto tiempo. Y en qué condiciones. Si el alcohol me hacía mejor escritor. O peor persona. O todo lo contrario. O si en realidad no existía diferencia alguna porque el problema es que no había talento. Cuando era joven, escribía con rabia. Ahora que soy viejo, no sé con qué escribo. Dudo que con sabiduría, porque es evidente que no la tengo, si no, supongo que mi vida sería muy diferente. A veces pienso si mi fracaso vital ha sido un caminito en paralelo a mi fracaso como escritor. Si todo ha sido un auto sabotaje enorme. O si simplemente decidí, en algún momento, quedarme de espectador, porque en realidad no me estaba gustando lo que veía. Y escribía. Así que aquí estoy, con reflexiones de adolescente, con la decadencia de un viejo desubicado, en una extraña circunvalación de vida. He hecho lo necesario, creo. Me he aislado. He cambiado de ciudad. De sistema operativo. Estoy solo.
¿Y ahora qué?