Ceno a oscuras en la terraza. Me gusta así, en silencio, sin una luz ni una vela. Como una alimaña tímida. Escucho al hijo de los vecinos de enfrente, llevaba seis meses sin venir a ver a sus padres. Están viejos. Se están muriendo. Ella bebe menos, pero creo que ya es tarde. El hijo ha llegado en traje, gritando mucho, como un gran hombre de negocios, aunque apenas tiene veintipocos, calculo, un par o tres años trabajados, como mucho. No habla, pontifica. Deja que sus padres pongan la mesa en la terraza, les tiemblan las manos y los platos. Su novia intenta agradar a los padres, especialmente a él. Les ayuda con la mesa, parece más honesta, menos imbécil. El hijo pone los pies en la mesa y se deja servir. Explica chistes sin gracia, a destiempo, que imagino de las reuniones de trabajo, pero los padres se ríen, más entusiasmados por la visita que por el resultado, supongo. Es una cena clasista, racista. Con cada ronda de vino las cosas no mejoran. La novia está cada vez más incómoda, y el hijo cada vez más crecido. El padre le ha ofrecido un puro, y ya están en la fase de negar el genocidio. La madre mastica en silencio, y los tenedores chirrían sobre los platos. La novia ha explicado que cuando era pequeña estudió morse, aunque nadie le ha hecho demasiado caso porque seguían hablando de inmigración, pero he pensado que podía enviarle un mensaje encendiendo y apagando la luz de mi terraza.
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