Ya ni siquiera titulo lo que escribo.
Porque no hay nada más estúpido que un bautizo. Ponerle el nombre a algo que no lo está pidiendo. Que ni siquiera existe, o casi. Sin todavía entender su alma, ni qué será en la cabeza de los demás. No tiene sentido bautizar. Ni titular. Ni utilizar un apelativo. Para condicionar la imagen mental de lo que vendrá después. Da igual si es un niño rubio. O diez líneas apegotonadas. O un mal poema. O el color verde de una mirada perdida. No se necesita un registro civil para algo que es inventado, una mera convención.
Han vuelto las gaviotas. Me pregunto cómo se llaman. O si utilizan apodos entre ellas. Mira, por ahí viene Altiva. Qué bien planea, pero es una hija de puta. Pero esa somos todas, no sólo Altiva. Quizá se numeren, entre ellas, en una secuencia ordinal y clasista.
No tiene sentido ponerles nombre a las cosas. Es como subrayar con rotulador fosforito, una imagen mental, que es diferente en cada cabeza.
Todo se vuelve amarillo.