Utilizaré una metáfora simplona y sangrienta.

Si tú me dices que saque el brazo por la ventanilla, e insistes y me aconsejas hacerlo, es probable que lo acabe haciendo, porque confío en ti, eres una figura de autoridad para mí, y alguien a quien admiro. Y tú, a su vez, eres consciente del absoluto poder que tienes sobre mí.

La responsabilidad será mía, claro, y un impulso eléctrico partirá de lo que queda de mi cerebro, atravesará nervios y autopistas, y moverá los músculos necesarios para que mi brazo penda del borde de la ventanilla.

Y acariciaré el viento, y por un momento pensaré que tenías razón, pero en cuanto el túnel sesgue mi brazo, entenderé el tamaño del error, y me culparé de por vida, de haberte hecho caso, y no podré dejar de ver por el retrovisor mi brazo amputado, en un asfalto cada vez más lejano e irreal.

Mientras me desangro de incomprensión sobre la tapicería, y tu me dirás que no es tan grave, que no te culpe de mis decisiones, y que aún me queda un brazo. Mientras coges con fuerza el volante. Con ambas manos.


Deja un comentario