Sólo es un niño jugando a fútbol solo a las cinco y media de la tarde de un domingo de casiverano. No es un gran jugador. Pero tira paredes imaginarias. Y celebra goles en su cabeza. Lleva una camiseta roja y nueva de un equipo inglés. Y a veces da un besito al escudo. Si el gol es lo suficientemente bueno levanta los brazos al cielo y sonríe a la grada de balcones que le estamos mirando. Me doy cuenta de que en realidad soy el único espectador así que aplaudo cada gol con verdadero entusiasmo porque la entrada es gratis y la tarde cada vez más corta. Recuerdo haber sido un niño que creía que tenía tiempo para todo. Yo también soñaba con ser futbolista. Pensaba que el lunes nunca llegaría.


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