En realidad el sueño es una película muda. Yo estoy estudiando química inorgánica en la cafetería de una estación. Seguramente podría ser Clapham Junction, pero como nunca hemos estado allí juntos, pensaré que es algún sitio inhóspito de Alemania. El sueño es en blanco y negro, por eso en seguida pienso que es un mal recuerdo, más que una película generada. Sueño con un suspenso juvenil como en cualquier pesadilla, aunque no sudo, o al menos hasta que apareces tú. Te escabulles de la muchedumbre de maletas y te cuelas bajo un par de abrigos. Y aparece tu sonrisa, en colores, pero también muda. Me acaricias el pelo sin tocarme y lanzas los ojos sobre la libreta. Me tiembla el pulso hasta que apartas la vista. Nos preguntamos con subtítulos qué ha sido de nosotros. Y encoges los hombros con dudapenacinismo, esta vez sin sonrisa. Te abres la chaqueta y pones mi mano sobre tu vientre. Estás embarazada, digo. Y embarazada es la única palabra que suena en la película muda. Y, probablemente, retumba en toda la estación. Me das un besoabrazo acurrucado al cuello. Y desapareces, de nuevo, entre los abrigos y las maletas. Después aparecen los créditos de la película. Y por fin entiendo que he suspendido el examen. Era una anunciación.


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