No vivas en ciudades pequeñas, zurcidas, remendadas. Ciudades en las que todos los ojos son el mismo. En las que todas las calles desembocan en el mismo bar. Y ese bar, en la misma cama. No vivas en ciudades tan endogámicas que tiembles al contar el número de cromosomas del próximo polvo. No vivas donde ya lo has visto todo, porque la ausencia de sorpresa es el principio de la muerte. No vivas en un sitio en el que todas las frases dicen lo mismo, y el discurso se repite como un eco que se cuela en los huesos. No vivas en un sitio en el que el amor es una pasarela de pago para la próxima historia, ante la que tendrás que apartar la mirada. Sal y muere en cualquier otra parte. Pero no aquí.


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