Veo las manchas de mala circulación en las piernas de una nonagenaria, como un atolón de islas, en un mapa de calor a vista de satélite. La adelanto, le doy los buenos días, le sonrío porque, en el fondo, me siento culpable al sobrarme tanta vida, tanta energía. He llegado de entrenar, me he duchado, voy rápido comiendo un plátano, de camino a tomar un café con alguien a quien quiero. Hace un sol helado. Un día precioso. La nonagenaria me sonríe desde el periscopio que emerge de su chepa. Qué suerte tengo, voy a ser eterno, pienso, en el tercer bocado al plátano, se me llena la boca de hebras y potasio. Una notificación simpática. Sonrío. Un coche se salta un stop. Me arrolla en el paso de cebra. Golpe fuerte en las costillas. Me doy un pequeño golpe en la cabeza. Dos micro desmayos rápidos. No consigo enfocar al cielo. Y lo único que escucho es la voz de la nonagenaria. Acercarse. Y decir. Ves cómo no hay que tener tanta prisa.