Veo cómo se desmigajan algunas vidas como comida de peces, que ondula como paracaidistas desmayados, hacia las miradas que boquean. Ayer soñé que follábamos, sin cariño, como dos cuerpos que se estrellan. He pensado en escribirte esta mañana, pero me he quedado mirando mi reflejo en la pecera. Los peces me miran sin saber quién soy, aunque en realidad yo ya no lo tengo muy claro. El proveedor que acaba muriendo de inanición. Supongo. He hundido la yema de los dedos, en el agua, para limpiarme los restos de comida. Como un gesto generoso. Aunque todo son migajas. Soy un tío despreciable. En el sueño no existía tu olor. Mis yemas no huelen a nada.