He encontrado los pendientes que te compré en la isla. Estaban envueltos en un bañador, junto a unas postales. Parecía un fardo. Algo ilegal. Algo secreto. Algo inapropiado en cualquier caso. Ahora que ya he asumido que no te los voy a poder regalar, he abierto el saquito que los contiene. Es suave. Y los pendientes puntiagudos. Creo que te hubieran gustado. Una mezcla extraña entre hippie, delicadamente pijo, sin molestar demasiado, pero que no se note la intención. Me he clavado la punta del pendiente un par de veces en el pulgar para que el recuerdo no duela demasiado. He pensado que quizá se los regale a mi sobrina. Todo le queda bien. Supongo que eso es la belleza o eso es la juventud. Qué frase tan mala. La quiero tanto que me doy cuenta de que no sé escribir sobre ella. He vuelto a guardar los pendientes en el saquito y los he envuelto en el bañador. Está acortonado. Supongo que llegué de la playa con el bañador húmedo y aquello me pareció buena idea. Eso explicaría por qué la tinta de las postales está corrida. Mejor así. No hay nada más triste que releer las postales que nunca enviaste.