Escucho una cuña en la radio sobre la muerte de Hemingway. Murió con 61 años, se pegó un tiro en la cabeza con su escopeta de caza. Dice una voz extrañamente dulce y optimista. Los últimos años bebía, probablemente, demasiado. Dejo que las palabras se escurran por el pequeño altavoz de la radio. Pero la tristeza está cayendo como un párpado a punto de quedarse dormido. Así que bajo el volumen de la vieja radio, poco a poco, hasta apagarla. Miro al horizonte y, como está atardeciendo, me veo reflejado en el mar de la ventana. El color del domingo es siempre el mismo. Y la frase suena en mi cabeza con la estúpida voz alegre de la cuña de radio. Apago la luz y doy un último trago. Nunca me han gustado las escopetas. Ni la caza. Ni siquiera Hemingway.