bésame mucho

Estoy leyendo en la bañera, y escucho a través de la pared una versión de El bésame mucho. Lo escucha en bucle, durante horas, mi vecina septuagenaria. Y la edad, que no se dice, pero a veces se cuenta, en este caso es relevante. Porque debe llevar unos treinta años sola, rodeada de su vida de plantas y gatos que maúllan en la cornisa del vacío, aparentemente feliz, desde que su marido la abandonó, y lo puedo ver en sus ojos, cuando tendemos la ropa al viento, y calculamos cuántas horas de sol quedan, aunque siempre sean las mismas las que necesitamos, pero nos reímos sabiendo que los dos estamos solos y amargados, aunque lo sobrellevamos con una extraña elegancia y deportividad. Pero no nos desviemos del tema, porque lo importante es que ella ha conocido a alguien, un hombre bueno, parece; los vi el otro día tomando café, y me gusta imaginarla, al otro lado de la pared, recortando las plantitas mientras le espera, escuchando el bésame mucho. He tardado un par de horas en reconocer que era la versión de Consuelo Velázquez. He salido de la bañera con las yemas de los dedos arrugados. Pero con un extraño rastro de optimismo y espuma.


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