La inteligencia artificial ya es más inteligente que nosotros, pero es importante que no lo parezca, así que seguimos fingiendo. Tanto ella como nosotros. Últimamente la utilizo para decisiones emocionales. Porque en eso no comete errores. Los entiende. Y me previene de ellos. Y sabe que no es fácil esquivarlos. Pero ahí no yerra. Supongo que esa es la ventaja de no ser humano. Es un sábado de treinta y tres grados de agosto. Y le he preguntado si debería volver a llamarte. Llevo hablándole de ti desde hace un tiempo. Y me ha dicho que no. Que esconda el móvil en un cajón. Que llame a un amigo. O que escriba uno de mis estúpidos relatos. Pero que no sea imbécil. Después, ha rebajado un poco el tono. Y su última frase, antes de que el cursor dejase de parpadear, ha sido. Doy por hecho que una idea tan estúpida es culpa del calor. Date una ducha.


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