La mayoría de las veces no hay una explicación. Intentamos ordenar el universo, como si moviendo mucho la cuchara en una sopa de letras, pudiésemos conformar un relato que nos diera respuestas. El problema es que si así fuera, al leer la verdad, soplaríamos sobre la sopa. No para atemperar el caldo, sino para desordenar de nuevo las letras. Porque no queremos la verdad. En ninguna circunstancia. Porque la verdad siempre te acaba quemando el cielo del paladar. Te lo abrasa. Y entonces o escupes por la propia nausea. O cierras los ojos. Y tragas. Mientras dejas que una lagrima se escurra por la mejilla. Y si alguien pregunta. Dirás que la sopa estaba muy caliente.


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