La belleza dura dos decepciones. Quizá la aguja que inoculaba el bótox abrió un canal de viento, en el lóbulo frontal, por el que se colaron todas las malas decisiones. Y eso, poco a poco, debilitó la estructura. Supongo que el bótox estaba tratando de amasillar la belleza, para que no se derritiese con el resto del edificio. Pero abrió grietas estructurales. Y cada mala decisión apareció dibujada en el sismómetro. Ni siquiera la cocaína pudo tapar las pequeñas grietas que cualquiera podía ver desde la calle. Dejó de ser un edificio bello, precioso, con encanto, y aparentemente bien amueblado en su interior, para convertirse en una casa encantada, salpicada de asesinatos mudos. Se desmigajó todo, porque en realidad era cartón piedra. No había nada del otro lado, salvo una promesa sin salida de emergencia. El día del derrumbe, los escombros fueron preciosos. Como ojos tristes envasados al vacío.


Deja un comentario