A veces se me olvida que existe ese imperativo moral de tener que gustar. A una chica, a un padre, a un chico, a una madre, a un jefe, a una mirada a las tres de la mañana, a una mascota, a un terapeuta, a la vecina del cuarto que espera que asistas a su entierro, a la panadera para que te reserve la mejor barra de pan con semillas, a la persona que quiere destruirte porque sin su envidia y admiración le serías indiferente y guardaría el arma, a dios, a sus discípulos, a todos los versículos dispuestos a arquear las cejas sobre tu vida, y lo que es peor. El imperativo moral de tener que gustarse a uno mismo, que es probablemente el más odioso de todos.


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