cienfotos

Miro tus fotos como alguien que pasa las cartas de una baraja antigua. El otro día imprimí otro lote de cien. En todas sonríes, como siempre, aunque es una risa del pasado. La oferta era buena. Cien fotos veinte euros. Y esta vez he recordado imprimirlas en brillante y no en mate. Es mi forma de intentar que el recuerdo parezca más vivo, más real. Cada uno se engaña como quiere, y veinte euros me parece un buen precio. Es extraño no hacer zoom, con dos deditos, sobre las fotos. Pero si lo hiciera, creo que podría adentarme en una de tus pupilas, hasta intentar entender qué sucedía dentro de tu cerebro. Siempre sonreías, pero nunca sabía qué pensabas. En realidad era un buen trato, creo. En la mayoría de fotos aparecemos abrazados. Tú sonrisa lo abarca todo. Mis patillas, aún sin canas, parecen trípodes de cerebro analógico. Lo peor de la memoria es que acaba llorando sobre las fotos. Y el papel brillante hace que la lágrima resbale más y más rápido. Y eso es otra ventaja, porque el papel no se humedece, ni tu sonrisa, sólo el bordecito de mi mano, a la que le tiembla un poco el pulso. Hasta que consigue guardar las fotos en su sobre, como si ese cartoncito albergara un corazón trasplantado, que ya no sabe si debe seguir latiendo para el próximo paciente.


Deja un comentario