Cuando te fuiste, pensé en el suicidio del personaje y de la persona. Sabía que no podía seguir escribiendo si no estabas ahí para seguir corrigiéndome las comas. Sospechaba que no podía seguir viviendo si no estabas ahí para seguir domesticándome. Me equivocaba en ambas, claro. Aunque supongo que algún día acertaré. Seguí viviendo porque me faltaban cincuenta ridículas páginas. Era una tercera parte. Pero yo era un hombre desmembrado. Nunca pensé que sería capaz de seguir escribiendo sin brazos. Estaba convencido de que matando a la persona acabaría con el personaje. Y sospechaba que suicidando al personaje, la persona no tendría demasiados motivos para seguir escriviviendo. Nunca nadie lo sabrá. Pero me lo jugué a cara o cruz.


Deja un comentario