Veo en la línea del horizonte, a través de los prismáticos, barquitos que después se dibujarán en cruceros. Puedo oler, desde aquí, la cascada de crema de protección solar, que se escurre, espinillas abajo, y se detiene en las cutículas de las uñas de los pies, como último dique ante las sandalias. Veo cercos de sudor, en el pliegue del cuello, de hipopótamos con collares dorados. El barquito se acerca a la orilla, y poco a poco, un pequeño seísmo de mesas metálicas, arrastradas por el suelo, tintinea en vasitos de cerveza y tacitas de café, preparándose ante la invasión bárbara. Sólo escribo sobre mí porque es lo único que no sé explicar. No es ego, es incomprensión. Después cojo los prismáticos y veo más allá. El mundo ahí fuera también es muy extraño.