Es un domingo de abril pesado como el mercurio. La chica recoge la sombrilla, bajo las nubes, y deja que sus muslos quemados la devuelvan a casa. Escucha un podcast motivacional en la oreja izquierda. En la otra no hay nada. Sólo el camino hasta un brazo que sostiene un cesto de mimbre. Una edición americana de Foster Wallace con el cartoné arrugado. Un bote de crema estrujado. Una barriga como un volcán. La muerte esperando a que se haga de noche. Gaviotas preciosas y malignas caen como helicópteros de guerra. Hay talones con arena que rechinan como todas las mentiras. Recuerdo esta playa porque nunca ha existido. En esa curva hemos muerto mil veces. Siempre creo que es la última vez que bebo el mercurio de una mirada.