He dedicado mi vida a perseguir las dos únicas cosas que no valen nada. La belleza y el dinero. Y eso sólo lo entiendes cuando las pierdes. Quizá un poco antes, incluso. Cuando las has conseguido y comprendes que nada cambia, por mucho que brille en los ojos de los demás. Que son pasarelitas doradas, en las que bailar, sobre el enorme pozo de vacío en el que oscila cualquier alma con la supervivencia asegurada. Tres comidas y tenedores plateados. Creo que. Eso es la belleza y el dinero. Pipas de opio para olvidar las lobotomías de una vida a plazos. El subterfugio hasta que tienes valor de cortar las cuerdas de la pasarelita. Y perderlo todo. Porque en el fondo, eso es lo que querías. Un autosabotaje en el que caer desde muy alto.


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