Pienso en el viento como un secuestro consentido. Dejamos que llegue y arramble con todo. Que se lleve lo que quiera. Casi rezamos para que así sea. Cuando notamos que se levanta, poco a poco, a ras de suelo. Y lo sentimos en los tobillos descalzos. Y cerramos los ojos, en un murmullo silabado, como un mantra torpe, una oración inventada. Que reza para que el viento llegue a la cabeza. Y se lo lleve todo. Sin pedir permiso, pero sin dejar nada. Como una mudanza robada. Como un butrón salvaje. En el que ni siquiera queda el polvo de la pared de la cabeza. Sólo el rastro arrastrado de ideas que ya no están y a las que nunca nadie ya podrá llamar recuerdo.


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