Después de la guerra nuclear sólo sobrevivieron los billonarios de las antiguas empresas tecnológicas. Un grupo pequeñito de ególatras que se refugiaron en sus respectivos búnkeres en un desierto de Chile. Una zona, preciosa, escogida previamente con tiento, porque sabían que la nube radioactiva probablemente no llegase hasta allí. Poco a poco, fueron abriendo las compuertas, y se dieron cuenta de que no quedaba nadie. Salvo ellos mismos. Y, por lo tanto, su fortuna ya no valía nada. No importaba ser el hombre más rico del mundo en un mundo que ya no existía. Así que empezaron a matarse. Unos a otros. En una lista Forbes necrológica. En la que el último superviviente acabó siendo el hombre más pobre del mundo.


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