Tus ojos al final del túnel de tu capucha. Mientras el resto de almas quedan en el arcén. Invisibles a nuestro campo de visión. O, al menos, al mío. Una risa nerviosa y lágrimas hacia dentro. Pero todo es inapreciable. Porque aún no hay cámaras en el interior de mi cabeza. Llevaba meses sin verte. Supongo que más o menos el mismo tiempo que sin mirarte a los ojos. Hacía frío. Un viento ácrata. Que se hubiera llevado las palabras. O eso me digo, para intentar entender por qué no hablamos. Una vez más. Un mutismo taxidermista que ha colgado mi alma en la pared del salón. Ojalá pudiera escribir un poema a toda esta incomprensión. Pero nunca he escrito un buen poema. Aunque creo que podría convertir toda esta incomprensión en electricidad. E iluminar un planeta entero. El de las malas decisiones. Que erizan el vello de los antebrazos con electricidad estática. La luz al final del túnel no es tu capucha. Es la calle húmeda que desemboca en el mar. Que me ha helado los huesos. Al salir del bar.