Toda la juventud de Claudia me envejece. Tiene 12 años y ya es más lista que yo. Es más precisa en el lenguaje. Más madura en los sentimientos. Utiliza mejor los adverbios. En la foto ella sonríe al futuro. Y yo al pasado. Ella mira a la cámara. Y yo la miro a ella. Me da consejos que suenan a frases hechas, pienso, aunque lo dice tan convencida que suenan verosímiles. Parece un espíritu viejo, que dirían los chamanes. Como si ya hubiera vivido un par o tres vidas, y tuviese respuestas simples para problemas que serpentean en el desierto de mi cabeza. Se ha reído mucho cuando se lo he dicho. Después se ha callado y puesto muy seria. Parecía una actuación. Quizá lo fuera. Pero ha dicho. Creía que no iba a llegar nunca este momento, y lo siento, pero deberías afeitarte las patillas. Te envejecen. Y justo en ese momento, según lo decía y pronunciaba, se me ha oxidado, un poquito más, la aorta del lagrimal. Después, al mirar la foto, me he dado cuenta de que las canas en las patillas se estaban convirtiendo en una enredadera de decrepitud.


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