Veo a tus hijos, pequeños como las pelotas de tenis que intentan golpear, y pienso en cuando éramos nosotros los que entrenábamos. Te veo a ti, ilusionada al otro lado de la valla. Y veo al entrenador, que parece un santo, recoger pelotas y colocar conitos de colores. Tienes tres hijos, un perro y medio, un marido que sonríe, y un descapotable al que apenas se le encasquilla la capota. La pinta es muy buena, como la empuñadura de tu hija pequeña. El zurdo tiene carácter y buena muñeca; un pequeño Mcenroe. Y, bueno, el último parece muy simpático. Y yo sigo aquí, en el pasado creyendo que existiría un futuro en el que, si entrenaba mucho y dejaba de tirar la raqueta, algún día llegaría a ser un buen tenista. Y después de eso tendría hijos, perros, descapotables, y alguien que me sonriera. Sigo siendo un niño. Pero he envejecido tanto que ahora también soy el juez de silla. Que le canta fuera todas las pelotas al niño que creía que algún día llegaría. Out.