Conduzco sin saber muy bien hacia donde en uno de esos coches que lo hacen casi todo por ti. Excepto vivir. Consigo relajarme de puro aburrimiento. De pasividad. De irrealidad al ver pasar árboles, adelantar a cualquiera, y ver cómo cambia de color la línea continua. Ni siquiera sé en qué país estoy. Si es que existe un país más allá de mi cabeza. Pienso en todo lo que podría pasar mal en un coche y en cierto modo me relaja. La sensación de hacer kilómetros sin conducir demasiado es similar a la de ver pasar los días sin sentir demasiado. Los días pasan, las cosas suceden, y simplemente dejas que la nave que no pilotas te lleve a la próxima galaxia. Viajas casi a la velocidad de la luz, pero no te apetece sacar la mano por la ventanilla para acariciar las estrellas. Porque ahí fuera todo pincha y hiere si estiras demasiado el brazo. Preferiría que el coche no hiciera nada por mí, pero sí vivir. Que me dejase conducir, pasar las marchas, arañar el embrague, y que no pitase cuando no le guste mi forma de acelerar. Y él se limitara a tomar mis decisiones vitales. Todas las demás. Que tanto miedo y pereza me dan. Y llevo esquivando como conos en una carretera cortada.


Deja un comentario