No he vuelto a tocar la cámara. No me atrevo. A veces, como los antiguos indígenas, pienso que los objetos tienen alma. Está junto a la mochila y no sé si llevarla conmigo o no. Pienso también que, si tiene alma, debería meterse ella misma, por sus propios medios. Recuerdo la persona que era cuando la estrené. Había hojas en el suelo y viento en las calles. Hacía fotos en blanco y negro. Volvía ilusionado a casa para ver cómo habían quedado. Me sentía como un niño, como un reportero de guerra, como un imbécil de ciudad. Ninguna foto sería lo suficientemente buena para contar una historia. Pero yo seguía disparando. Cada vez que escuchaba el ruido del espejo, sonreía. Y eso ya vale un millón de revelados, aunque sean digitales. Me he dado cuenta de que ninguna de las fotos que hice explica una historia. Que la historia en sí misma es la de la propia cámara. Que no me ha dejado de mirar durante estos meses. Y quién sabe si ha ido fotografiando mi involución. En silencio. Y ahora piensa que apenas queda alma dentro de mí. Y que debería vaciar la tarjeta de memoria.