Estando yo no demasiado fino nadie lo veía mínimamente claro. Quédate en casa y ya si eso el año que viene. No te vayas solo y lejos. Y menos a un sitio en el que te puede matar casi cualquier cosa que comas. Podía estar más o menos de acuerdo, pero ir acompañado sólo podía servir para acelerar la repatriación si las cosas se ponían feas. A priori era un viaje fácil que no debería dar más problemas que mi propia pena y el peligro de la comida. Había recuperado un viejo miedo, estúpido, claro, pero que me impedía volar. Pero aun así decidí que tenía que hacerlo. Si era capaz de fingir que sabía qué hacía cuando boxeaba, podía fingir que entendía los mecanismos del Muay Thai. Así que entré en la librería para comprar otra guía para el mismo destino, como años atrás. Evite la odiosa Lonely. Pagué y salí a la calle. Como alguien reconfortado por una mentira propia. Estaba ojeando la guía y me cagó una paloma en el hombro derecho de la camisa floreada. Abrí la guía y desplegué el pequeño mapa de Bangkok que estaba pegado en la última página. Froté el mapa, con rabia, contra mi hombro, y vi cómo los restos de la tinta azul acabaron de darle un toque muy extraño a la camisa. Si yo fuera uno de esos causalistas, entendería que esa era una señal definitiva para quedarme en casa. Que la idea del viaje es una cagada.


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