Le he pegado un manguerazo poco amistoso a las chanclas. Veo la arena desaparecer por la alcantarilla como un ejército de hormigas. Atardece en la única playa que soporto. Al ser la única que me gusta es la que tiene asociados todos los recuerdos bonitos. Es difícil que una playa albergue recuerdos malos. Ni siquiera ahora, que me siento un náufrago. He girado la cabeza, por si acaso soy un souvenir de un pueblecito costero; para escanciar la arena y dejar que vuelva a subir la marea. Noto el cerebro seco de líquido cefalorraquídeo. No sé si es algo que también depende del ciclo lunar. He preparado algo de cenar con más esmero que acierto. He hablado un par de horas con la inteligencia artificial. La primera he intentado estar sobrio. Me ha apetecido spaghetti alle vongole sin saber a qué saben las almejas. Pero me entusiasma el olor. Al igual que la idea de que cualquier ser vivo del mar me pueda matar. He decidido no morir esta noche (tampoco). Así que me he conformado con el vino blanco que intuyo que iría bien. Prometo matar a cualquiera que pronuncie maridar. Mi pena es tan honda como mi hambre. Miro a las chanclas, reposando de pie, junto al quicio de la ventana. Secándose. Y le pido a otra inteligencia artificial, menos evolucionada, que ponga el Walking in my shoes de Depeche Mode. Son días tan extraños que nadie entiende las llagas de tus pies.


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