Me había prometido dejar de escribir, pero supongo que no es un gran año para las promesas, ni para los propósitos, ni para hacer en voz alta lo que uno piensa en voz en off. Supongo que mi comportamiento autolítico fue seguir destrozándome el brazo izquierdo. Sabía que el supraespinoso estaba roto. Que debía parar. Que el dolor era horrible. Pero, aun así. Seguía boxeando. Sólo con el brazo derecho. Lo que me daba una pinta de tullido. O desvalido. O impostor. O seguramente todas ellas. Seguía nadando. Sólo con el brazo derecho. Lo que me hacía parecer una raya en diagonal. O un pez amarrado a la boya. Gritaba, bajo el agua, de dolor. Y en parte me reconfortaba. Lo de menos era el brazo. Así que sonreía lo suficiente para tragar agua salada. Y volver a la orilla con sed y sin dignidad. Seguía escribiendo. Sólo con el brazo derecho. Lo que hacía que teclease más lento. Más reposado. Y eso convertía los textos en pastosos, como pesto al sol, y las letras se escurrían entre el tenedor y el teclado. Y no había forma de pescarlas. Lo estaba poniendo todo hecho un asco. Sabía que tenía que parar. Pero no sabía quién iba a ser capaz de hacerme parar. Me podrían arrancar el brazo, y seguiría peleando a testarazos. Bucearía. Y teclearía con la nariz. O la hundiría en tinta, hasta formar una frase.