catenaria

Me gusta escuchar el ruido del tren cuando pasa. Me recuerda que estoy vivo. Suele hacerlo cada veinticuatro minutos, con un margen de error de más menos diez, dependiendo de las huelgas y la catenaria. Es tal la tranquilidad en este apartamentito en la playa, idílico ante el gradiente de azules del mar, que necesito el chirrido horrible del tren, e incluso el bocinazo, y el temblor de los cimientos, para recordar que no soy un espectador del mediterráneo, o un pez que lo ha olvidado todo, con un margen de error de más menos dos vidas, dependiendo del vino y la memoria. Soy un hombre o un niño solo. No tengo clara mi edad porque no tengo claro mi papel en el mundo. Un adulto infantil o un niño mayor. Los vecinos me saludan, educados, cariñosos. No sé si es lástima o miedo. Escucho cómo arrastran las chancletas. La arena sobre las baldosas. El sonido de los tenedores sobre los platos de cristal. Podría oler sus ensaladas de verano si ellos fueran buenos con las especias. Escucho cómo encienden cigarrillos. Y cómo descorchan vino barato, porque el corcho suena blando. Y casi puedo notar el sabor agrio en la tráquea. Que me deja el regusto de vivir a través de los demás. Ahora que se me ha olvidado cómo hacerlo. Ya que sólo sé mirar al mar. Y esperar que me devuelva algo. No definitivo como un tsunami. Más bien una pequeña ola. Que empuje esta litera, como en la pesadilla de un niño, hasta la mitad de la vía. Y me dé, unos veinticuatro minutos, para decidir. De qué lado de la vida estoy.


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