Supongo que lo único que me faltaba por entender era quién estaba pilotando el avión. Avancé despacito pensando estúpidamente que, como decía aquel escritor americano, existía una conspiración secreta para ayudarme. Que alguien pararía aquello de algún modo. Que era sólo un acicate. Un meneo. Una experiencia que me sacudiría, llevándome al extremo, pero levantando el vuelo en el último momento. Como en The Game, aquella película de los 90 en la que Michael Douglas, sin saberlo, forma parte de un juego que le lleva al punto en el que no puede más, y se suicida saltando desde un edificio. Después atraviesa una cristalera, cae sobre una enorme colchoneta marcada con una X, y los invitados a la cena de gala aplauden. Sean Penn, su hermano, le explica que todo ha sido un regalo de cumpleaños. Que le acaba de cambiar la vida. Pensaba en todo eso mientras me dirigía a la cabina del avión. Miraba en cada fila si había restos de vida. Alguna bandeja bajada. Migas en los asientos. Alguna película a medio reproducir. Nada. Sólo la luz entrando por las ventanillas. Y el silencio de las nubes. Llamé con los nudillos a la puerta de la cabina. Acerqué la oreja. No se escuchaban voces al otro lado. Ni siquiera una radio. Ni indicaciones en inglés. Ni un pitido. Nada. No me atrevía a intentar abrir la cabina desde fuera porque daba por hecho que sería imposible. Se necesitaría algún código especial. O llamar a un timbre y que alguien desde dentro abriera. Pero aun así dejé caer la mano sobre el pequeño picaporte de la puerta. Y se abrió. La cabina estaba vacía.