Si quería acabar con el personaje que escribía los relatos tristes tenía que matarlo. No valía con una promesa de no voy a volver a escribir ese tipo de cosas. Me quito el disfraz de escritor maldito. Me desmaquillo el cinismo. Y prometo nunca volver a escribir con pena. Si quería acabar con ese estúpido y pretendido enfant terrible tenía que eliminarlo, de una vez por todas, como un mal párrafo. Tenía que subirlo a un avión y estrellarlo. Tenía que dejar que se sintiera un poco Ícaro entre las nubes acercándose al sol. Pero que, poco después, las punzaditas de la moqueta sobre los pies desnudos le diesen la pista de que algo estaba ocurriendo. Que el eco del ding le recordase que estaba absolutamente solo en aquel viaje. Que a donde iba, no le acompañaba nadie. Que era un vuelo chárter para enterrarle. No era casualidad que el taxista le hubiese recordado lo mucho que pesaba su mochila y que la chica de facturación hubiera fingido no darse cuenta del sobrepeso. Todo el mundo le estaba invitando a que se subiera a ese avión, porque era evidente que había llegado el momento. El personaje no daba más de sí. Y había que quitárselo de en medio.


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