Una relación es la marca de agua que alguien deja sobre ti. Todo el mundo la ve. Nadie puede quitarla, ni borrarla, ni disimularla. Estará ahí para siempre. Y, aunque alguien consiga camuflarla, tú la seguirás viendo desde dentro. Verás el mundo desde el otro lado de esa marca de gota de agua que abomba la realidad. Alguien ha incrustado algo en ti que seguirá ahí para siempre. Una capa superpuesta que te cambia y te condicionará de ahora en adelante. Como una de esas actualizaciones de software que no pueden deshacerse. Que no pueden revertirse ni desinstalarse. A menos que. Decidas restaurar el sistema completamente. Quemarlo todo. Y volver a los ajustes predeterminados de fábrica. Al punto primigenio de restauración. Ese punto en el que tú aún eras tú. En el que nadie había condicionado tu sistema operativo. Convirtiéndolo quizá en inestable. Instalado sus actualizaciones de sistema que podrían ser incompatibles y dañinas con tu kernel. Pero claro, creer que algo así es fácil o verosímil, es naif. Hay que quemar muchas capas interpuestas. Desbrozar millones de interacciones sociales. Cavar hasta lo más hondo del alma, con la esperanza de que cuando llegues a algo duro, lo que suene contra tu pala, aún siga siendo tu alma.


Deja un comentario