En el sueño la piscina es de café con hielo. Son pequeños icebergs que se deshacen lentamente. Así que el café está fresquito, pero el nivel sube cada vez más, y la única forma de mantenerse a flote y que no se desborde todo es seguir bebiendo café. Lo que te lleva a un estado de hámster acelerado. Por la cafeína y la ansiedad de la prueba. Cada cinco minutos una pinza enorme me saca y vuelve a meter en la piscina. Como en una de esas máquinas de peluches. Soy un delfín de peluche que se ahoga en una piscina de café con hielo. Pero no hay otros peluches. Ni relojes. Ni nada que brille. No tengo claro cuál es el premio para quien juegue a esto. Al despertarme, he visto que estaba en un avión. Atravesando el Atlántico. He buscado en la pantalla del asiento cuál es el destino. He visto que en la bandejita había un vasito transparente de café con hielo. Se había derretido y desbordado en un río hasta mis pantalones. Tengo las rodillas mojadas. No recuerdo muy bien qué hago aquí. He mirado por la ventanilla y he visto el reflejo de mi sonrisa. La echaba de menos.