Veo la luna llena escapándose a través de la ventanilla del taxi. El taxista, argentino, dice que suele pasar los semáforos siempre en verde sangre. Me ha parecido la mejor frase de las últimas semanas. Dice que parezco más melancólico que el poeta argentino más triste. Y eso no es buen síntoma, creo. Cuando hemos llegado, se ha bajado del coche para darme un abrazo. No te ayudo con la mochila porque la llevas colgada del corazón, ha dicho. Y pesa demasiado. Me ha parecido excesivo drama para facturar, pero le ha dado una propina más grande que el rio de la plata. Dicen que todos los argentinos llevan dentro un psicólogo, y probablemente un loco. Pienso que, en realidad, todos llevamos un loco y debe ser una suerte que tenga un psicólogo con quien entretenerse. En la cola de facturación me he dado cuenta de que la mochila pesaba más de lo que creía al salir de casa. He utilizado el viejo truco de sostenerla un poquito con la punta del pie en la balanza del mostrador de facturación. Creía que un corazón pesaba sólo trescientos gramos. La chica del mostrador ha sonreído y ha fingido no darse cuenta. Ha imprimido la tarjeta de embarque y después ha dicho. Yo una vez tuve que hacer lo mismo.


Deja un comentario