Ha empezado a llover. Sé que cuando acabe de escribir habrá escampado. Últimamente la lluvia dura como los recuerdos. Entre seis y doce minutos. Miras al cielo, miras al suelo, miras al interior de la cabeza, y ya está todo seco. Las gotas parecen agujas de fogueo. Como los recuerdos, ya apenas duelen. Aspiro a convertirme en una planta. Impertérrita. Con la boca abierta al cielo. Gritándole al agua. Y a nada más. Las admiro, de algún modo. Crecer y morir. En cada estación. Aunque ya sólo haya dos. Hasta la última parada. Algún corte. Alguna pérdida. Y ningún recuerdo. Hoy la lluvia ha durado nueve minutos. El verano debería ser una tormenta. Un caballo que huye enfangado. Herido. Al que le quedan dos meses de galope. Mientras sangra la herida. Como un río encarnado que se escurre por el lomo. Empapado de lluvia y hierba. Y de todas las miradas que pensaron que podrían domarlo.