Te he llamado y no te he pillado en buen momento. Estabas preparando la cena. Te oía masticar de forma disimulada. Las oes salían muy engoladas. Seguramente estabas comiendo fuet, porque la boca retumbaba mucho. De fondo se escuchaban las gaviotas. Me gusta pensar que deben ser amigas, o primas cercanas de las que escucho aquí, a este lado del mediterráneo. Cuando la conversación se ha puesto fea, nos hemos callado para tragar un poco saliva y pensar qué decir; he podido escuchar las palas del ventilador moviéndote el pelo. Removiendo el ambiente. Esparciendo el y ahora qué diré, ante un mazazo, por toda la cocina. Has cortado queso, de forma nerviosa, sobre la tabla de madera. Te he dado las gracias antes de colgar. Te he recordado lo mucho que te quiero. Un beso para tu adorable mujer. Y otro para tu preciosa hija. Qué vida tan bonita y ordenada, ante mi perpetua vorágine, que se asoma al abismo con demasiada frecuencia y visceralidad. Qué envidia tan sana, como la ensalada que te intuyo preparando, y en la que no he escuchado ni un chorrito de vinagre. Supongo que la amistad es eso. Imaginar qué vas a cenar, a través del auricular, y que tú intuyas que mi nudo en el estómago no se ha deshecho en seis meses, ni en doscientas palabras.