Quedan personas, en alguna parte de la caché del cerebro, con las que sigues soñando aunque ya no podrías entablar una conversación de más de tres frases con ellas. Como dos calles paralelas. Sin demasiado carisma. Ni rasgos característicos. Ni nada que te permita diferenciarlas. Como una estúpida regla mnemotécnica. Quedan personas atrapadas en los pliegues del cerebro, como niños tontos atascados en toboganes, con las que sueñas cada noche. Sin saber muy bien por qué. Almas residuales. Sentadas en el restaurante de tu cabeza cuando ya se ha acabado el servicio y las luces se han apagado y los cocineros han vuelto a casa. Pero ahí siguen, acodadas en una mesa del rincón, fumando en silencio. Repasando el menú de tus sueños. Su nombre aparece en la última fila. Me intento levantar de la cama y el dolor horrible en el hombro me recuerda que. Tengo más tendinitis que años. Sólo quería apartar la mirada del techo. Que se ha convertido en la tela blanca donde mi cerebro proyecta malas películas. Procedentes de una caché deteriorada. Corrupta. Y, seguramente, engañosa. 


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