Al chico de al lado se le ha acabado la batería en los Airpods. Por algún extraño motivo se han desvinculado. Y la música ha empezado a escaparse por el altavoz. Está tan borracho que ni se ha dado cuenta de que la canción suena más allá de su cabeza. Así que aquí estamos. Dos desconocidos sentados en un banco frente al Sena. Mientras suena Julio Iglesias. Cada uno en un extremo del banco. Pero es tan pequeño que, en realidad, parece que estamos juntos. Tiene el respaldo muy recto, sin apenas curvatura, como todos los bancos de París. Si sigue cabeceando por la borrachera acabara apoyando la cabeza sobre mi hombro. O precipitándose hacia adelante. Es un indio de treintaypocos. Con los pies desnudos sobre unos mocasines de piel azul. Tiene las uñas algo guarras. Y seis botellines a sus pies. Y yo, absolutamente sereno, preguntándome qué narices hago en esta ciudad sin ti. Empezando a sospechar que mi vida es casi tan decadente como una canción de Julio Iglesias.