En realidad está llorando bajo el casco. Dice que porque se marea. Pero en realidad es miedo a la velocidad. Miedo a la vida. Lo veo, a lo lejos, con el kart encallado contra una barrera de neumáticos. Está en una curva cerrada. Y tiene la cabeza vencida sobre el volante. No se ha desmayado. Está llorando desconsolado. Está odiando este momento. Rezando para acabar la segunda vuelta y poder quitarse el casco sudado. Entrar en el coche. Y llorar el camino de vuelta a casa. Víctor, quería decirte que. Yo también tenía mucho miedo. A la velocidad. A la vida. Miedo al miedo. A la incapacidad de poder controlarlo todo. A mi forma de mover el volante ante de la forma de vivir de los demás. Pero un día me di cuenta de. Que hay que seguir. Que hay que acelerar. Que algunas veces hay que jugársela. Aunque notes esa mano hurgando las tripas. Hay que seguir intentándolo. La vida te irá empotrando contra barreras de neumáticos. Pero podrás salir de ahí. Marcha atrás, visera arriba, visera abajo, y sorbe las lágrimas. Pero nunca. Nunca. Dejes de acelerar. Y apagues el motor. Porque ahí se acaba todo. Créeme. Una vez estuve a punto de hacerlo.